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viernes, 25 de enero de 2013



Mades Medus, de Zúñiga/Ruiz
Actuar y vivir

  En algún momento, en la vida del actor y del dramaturgo —caras de una moneda—se tiene que plantear la reflexión sobre el oficio. Desde la tarima especular de Hamlet, quien sabría arrebatar la conciencia del rey culpable, al escarceo de la sera a soggetto de Pirandello, la melancolía decadente del viejo Cardenal en los Globos Rojos de Pavlovsky, la prolongada despedida del histrión fenomenal en The dresser de Harwood y la tristeza casi senil de El canto del cisne chejoviano, se impone el metalenguaje de cuestionar el propio ritual: el tema del teatro es el teatro. No el libreto, la dirección o la escenografía, sino el trabajo del hechicero laico en su sociedad, la dialéctica del cuerpo tenso entre la función y el destino, la micropolítica del show must go on como ética autojustificada. En Mades Medus se nombra a Molière no en vano. No sería el último intérprete en morir actuando, pero sí el más famoso, y a partir de allí todos los que subirán a las tablas querrán morir allí, para el recuerdo o el olvido. Heroísmo absurdo que necesariamente tracciona la meditación filosófica acerca de él.
  La obra en un acto de la peruana María Teresa Zúñiga postula un requisito: actores idóneos y, en la medida de lo posible, aptos todo terreno. No casualmente el programa incide en dos entrenadores, Facundo Mosquera en trapecio y Daniela Silva en clown. La enorme lona verde que cobija y encierra a Marcelo Scalona (Mades) y a Marcos Moyano (Medus) da indicio de circo, y de eso se trata. Otra definición vía negativa, no son trágicos, comediantes o capocómicos, sino payasos, los únicos actores que suelen aureolarse de todos los matices sin instalarse en ninguno. Como sucede en muchas puestas de El Séptimo, la representación ya comenzó mientras nos ubicamos en las gradas. El ya tradicional escamoteo de la distancia entre público y elenco, extirpada la embocadura alta, suspende las diferencias; los disfraces móviles nos mirarán, lo sabemos, a los ojos.
  El tapete en que se mueve el dúo, y sus cambiantes indumentos, son rojo, blanco y verde, aunque sin navidad a la vista. Sendas valijas de las que brotan el maquillaje, el pantalón con un bretel, un faldón abuchonado, papeles. Llevan calza negra y medias a rayas horizontales. No son muy distintos y se comprueban intercambiables, sólo que Medus tose todo el tiempo y, al cabo de un rato, sabemos que tiene tuberculosis y tal vez agonice. Cualquier cosa que emprendan, la hacen a medias, oscilantes entre la torpeza y la imposibilidad. “Mitad mendigo, mitad ramera”, dice Medus antes o después de una morisqueta. Suplica o se vende, el actor nunca conquista la libertad sino para morir libre. Y el culto de lo ambiguo. Mades toca el mínimo acordeón a piano y pelea a su partener, y él es partener de Medus, cuando recita entra y sale del personaje, y en cada risa perfila el llanto siguiente. Medus se apiada de su propio piojo, canta y cuelga del trapecio, rápidamente se conoce las réplicas y los pies, y de pronto se vuelve él mismo y no cesa de estertorar. Vale la aclaración, a riesgo de obvia: hay que ser casi perfecto como actor para incluir en la acción lo imperfecto.
  Con varias piezas juntos, Scalona y Moyano se entienden como los jugadores del Barça, de memoria y naturalmente al hacerse los pases. La fuerte personalidad escénica del primero, a la que nos referimos más de una vez, y la flexible aptitud en el cambio de registro del segundo, simbolizan la obra y la trascienden. Se sospecha que el texto pudo ser más rico, usufructuando el potencial interpretativo, hecho que la dramaturga, claro, no podría saber. Por si no se percataron, M & M constituyen una mónada, un único ser desdoblado, el alfa-omega de la teatralidad con atavío de bufones perdidos.
   Viviana Ruiz maneja a su clan igual que una madre disciplinada con sus vástagos, versiona a su particular modo a Zúñiga e incorpora otras artes teatrales al escenario, sin desbordar hacia la sobreactuación ni restarles la impronta personal de las dos marionetas animadas. Aún con defectos, Mades/Medus triunfa en su propuesta y agrega la variante Séptimo, al fin, a la antigua y siempre nueva obsesión del teatro por reflexionar frente al espejo.1

Gabriel Cabrejas


1 Los nombres se confunden adrede. Me atrevo a una digresión incomprobable: Mades suena a Hades, destino o condena, y Medus a medusa, duende  mitológico que congela, o eterniza, si uno lo contempla. Ambos significarían el rumbo del actor y sus efectos.
Nuestros principales objetivos son crear un espacio que nos permita entregarnos al arte como compromiso radical con lo que somos. Como ámbito donde se descubren e inventan las palabras que nos permiten actuar y pensar. Ser un lugar de intercambio de nuestros pensamientos, con el fin de repensar, es decir un lugar para comprender. Posibilitar la acción de cada uno, en un espacio común e igualitario, es decir, el surgimiento de la Libertad.

LOS PRIMEROS EN ESTRENAR EL PISO

LOS PRIMEROS EN ESTRENAR EL PISO
Alumnos del taller de teatro para niños coordinado por Belen Manetta.

EQUIPO DE TRABAJO

La mano de obra de la construcción del piso, fue absolutamente realizada por el grupo de EL SEPTIMO FUEGO junto con alumnos del IAT y la Asamblea Popular de plaza rocha. En tres jornadas intensivas trabajamos: Marcos, Fede, Ale, Daniela, Ely, Cami, Mumi, Matias, Fabricio, Marcelo, Agustin, Mariano, Vivi, Marcela y Jorge.

MUCHISIMAS GRACIAS A TODOS Y A TODAS.
"NOSOTROS EXISTIMOS, PORQUE EXISTEN USTEDES"

intervención callejera "NOS TIENEN MIEDO"

intervención callejera "NOS TIENEN MIEDO"
a dos años de la desaparición de Julio Lopez, el Séptimo Fuego interviene en Plaza Rocha.

Elenco de "El Predilecto de los Lepidópteros" Junto a su Autor: Norberto Presta

Elenco de "El Predilecto de los Lepidópteros" Junto a su Autor: Norberto Presta
En compañía del Maestro Renzo Casali

Elenco de "Maximiliano diez años después" en el teatro de la fiesta nacional de Formosa 2008

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recién finalizada la función en el teatro Utopia 2000